| Kay R. Jamison |
Aquella noche, mientras esperaba la llegada de mi voluble e intenso inglés -haciendo ganchillo, viendo caer la nieve, escuchando a Chopin y a Elgar- me di cuenta repentinamente de lo clara y emotiva que me resultaba la música, de lo intenso, maravilloso y melancólico que era ver la nieve y esperarlo. Sentía más la belleza, pero también el desconsuelo. Cuando llegó - elegante, de vuelta de una cena, con corbata negra, bufanda de seda blanca sesgada al cuello y una botella de champaña en la mano- puse la Sonata para piano póstuma en si bemol mayor número 960, de Schubert. Su obsesionante y subyugador erotismo me llenó de emoción e hizo que se me saltasen las lágrimas. Lloré por el patetismo de toda la intensidad que había perdido sin saberlo y por el placer de experimentarla de nuevo. Nunca más he podido escuchar esa obra sin sentirme rodeada por la hermosa tristeza de aquella velada, por el amor que tuve la fortuna de conocer y por el recuerdo del precario equilibrio que existe entre la cordura y un sutil y terrible amortiguamiento de los sentidos.
("Una Mente Inquieta" de Kay R. Jamison)
Sonata en si bemol, D. 960: Andante sostenuto
Alfred Brendel (1988).
Franz Schubert (1797-1828) Sonata em Si b maior, No. 21, D 960 - II. Andante Sostenuto
Maria João Pires (piano) França, 1986








