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viernes, 12 de octubre de 2012

· "El viento en los sauces" de Kenneth Grahame: verdadera literatura de la niñez como pureza del alma II


Kenneth Grahame
    Aunque el genero narrativo para niños (y no tan niños) tiene en lengua inglesa nombres notables (Oscar Wilde, Lewis Carroll, Robert L. Stevenson, Rudyard Kipling...), Kenneth Grahame es sin duda uno de los grandes de la literatura infantil. Y ello no es debido a que tenga una extensa obra en su haber, sino porque gracias al libro que hoy nos ocupa se merece, por derecho propio, estar en ese círculo de honor.
  Como decía el checo Rilke“la infancia es la verdadera patria del hombre” porque de allí venimos. Generalmente, en el proceso de crecer nos vamos endureciendo; olvidando  y perdiendo las virtudes del alma infantil. Por eso, si conseguimos conservar algo de ella, será pureza para nuestro espíritu. Deberíamos mantener La capacidad de mirar el mundo que nos rodea en sus detalles más pequeños, llenos de ilusión y curiosidad. Cuando nos encontramos con la naturaleza, se despiertan sentidos que experimentábamos de forma intensa durante la infancia. La ausencia del mundo reglado/civilizado, nos libera mentalmente. Grahame lo sabía y la conservaba y cultivaba casi con celo, pues esta maravillosa narración surgió como la puesta en pié de las historias que le contaba a su hijo. 
Éste pasaje que traemos a continuación de "El viento en los sauces" es en mi opinión una de las paginas más gloriosas en prosa poética de la literatura infantil, y por ende  Universal. El motivo es en apariencia simple: la sencillez de la naturaleza más próxima, la humildad de unas bestezuelas con una bondad más perfecta que la que anhela el ser humano. La magia, sabiduría y humanidad encarnada en estos dos personajes inmortales consiguen elevar a la gloria a su autor, y hace que todas las generaciones de pequeños y grandes que lo continúan leyendo y descubriendo, se maravillen y emocionen con ella siempre.

El Topo, que apenas movía la barca mientras exploraba las orillas, la miró con sorpresa.
̶        - Se ha ido -suspiró la Rata, hundiéndose de nuevo en su asiento-. ¡Tan hermoso, y extraño, y nuevo! Para que acabara tan pronto, casi hubiera preferido no oírlo. Porque ha despertado en mí un anhelo casi doloroso, y nada vale la pena, excepto oír de nuevo aquel sonido, y seguir oyéndolo para siempre. ¡No!
       - ¡Ahí está otra vez! -gritó irguiéndose de nuevo.
Cautivada, se quedó en silencio un buen rato, como bajo un hechizo.
̶           -  Ahora se aleja, casi no lo oigo -dijo al fin-. ¡Oh “Topo! ¡Qué belleza! ¡La delicada, clara y alegre llamada de una flauta distante!  Nunca había soñado con una música semejante y, sin embargo, su atracción es mayor que su dulzura. ¡Sigue remando, Topo! ¡La música y la llamada son para nosotros!  El Topo, muy intrigado, obedeció.
̶       - Yo no oigo nada -dijo-, sólo el viento que juega con los juncos, los carrizos y las mimbreras.

La Rata no contestó; ni siquiera lo oyó.  Arrebatada, embelesada, estaba hechizada por aquel sonido divino que había prendido en su alma indefensa y la mecía y la arrullaba, criatura desamparada y feliz en aquel fuerte y prolongado abrazo.
El Topo siguió remando en silencio, y pronto llegaron a un punto donde el río se abría a un remanso. Con un leve movimiento de cabeza, la Rata, que hacía rato había soltado el timón, indicó al Topo que se metiera por el remanso. La marea de luz crecía, y pronto pudieron ver el color de las flores que adornaban como piedras preciosas el borde del agua.
̶           ¡Nos vamos acercando! -gritó alegre la Rata-. Seguro que ahora puedes oírlo. ¡Ah..., por fin..., veo que tú también lo oyes!  El Topo, inmóvil y sin aliento, dejó de remar mientras el sonido acuático de aquella flauta lo cubría como una ola y lo hechizaba.  Vio las lágrimas correr por las mejillas de su compañera, inclinó la cabeza y comprendió.
Permanecieron así durante un rato, acaricia-
dos por las primaveras violetas que bordeaban la orilla. Luego la clara y autoritaria llamada que acompañaba la melodía embriagadora impuso su voluntad sobre el Topo, y éste se inclinó de nuevo mecánicamente sobre los remos. Y la luz se hizo más fuerte, pero los pájaros no cantaban, como suelen hacerlo al alba; todo se había paralizado menos aquella música divina.
A ambos lados, los fértiles prados parecían más frescos y verdes que de costumbre.  Nunca habían visto tan vivo el color de las rosas, ni las adelfas tan alborotadas, ni la reina de los prados tan olorosa y penetrante.  Entonces el susurro de la presa cercana llenó el aire, y los dos animalitos se dieron cuenta de que se aproximaban a la desconocida meta de su búsqueda.
Con un amplio semicírculo de luces centelleantes y brazos de agua verde, la gran presa cerraba el remanso de orilla a orilla, agitando la superficie tranquila con remolinos y espuma, y cubría los otros ruidos con su suave y solemne rumor. En medio de la corriente, envuelta en el abrazo de la presa, había una islita bordeada de sauces, abedules plateados y alisos. Tímida y reservada, pero llena de significado, se escondía detrás de aquel velo, esperando la hora exacta y con ella a los elegidos.
Lentamente, pero sin dudar ni vacilar y en solemne expectativa, los dos animales atravesaron las aguas tumultuosas y amarraron la barca a la margen florida de la isla.  Desembarcaron en silencio y avanzaron por las hierbas olorosas y las flores hasta que llegaron a un pequeño prado de un verde maravilloso, que la Naturaleza misma había adornado con árboles frutales: manzanas bravías, cerezas silvestres y endrinas.
̶           - Este es el lugar de mis sueños, el lugar que me describió la música -susurró la Rata como en trance-. ¡Si lo hemos de encontrar en algún sitio, será en este lugar bendito!
Entonces el Topo sintió un gran temor reverencial, un temor que le paralizaba los músculos, le hacía inclinar la cabeza y le ataba los pies al suelo. No era pánico lo que sentía -en realidad se sentía feliz y en paz-, sino un temor que lo golpeaba y retenía y, aun sin verlo, sabía que aquello significaba que alguna augusta Presencia estaba muy, muy cerca.  A duras penas se volvió a mirar a su amiga, y la vio a su lado, intimidada, agobia da y temblorosa. Y a su alrededor, la multitud de pájaros seguía silenciosa, mientras la luz aumentaba.
Quizá nunca se hubiera atrevido a levantar la mirada. Pero, aunque cesó el sonido de la flauta, la llamada aún les parecía imperiosa. No podía negarse, aunque fuese la mismísima Muerte quien lo estuviera esperando para acabar con él una vez que sus ojos mortales hubieran desvelado los secretos tan celosamente guardados. Temblando, obedeció y alzó humildemente la cabeza. Y entonces, en aquella claridad del inminente amanecer, mientras la Naturaleza, rebosante de color, parecía contener el aliento ante semejante acontecimiento, el Topo miró a los ojos mismos del Amigo y Protector. Vio la curva de los cuernos que brillaban a la luz del alba, vio la nariz aguileña entre los ojos bondadosos, que lo miraban burlones, y la boca, rodeada de barba, esbozaba una media sonrisa; vio los músculos perfectos del brazo cruzado sobre el ancho pecho; la mano larga y flexible que aún sostenía la flauta recién apartada de sus labios; vio las curvas perfectas de sus miembros velludos tendidos con majestuosa desenvoltura sobre el césped; y, por último, vio, acurrucada entre sus pezuñas, profundamente dormida, la infantil, pequeña y redonda figura del bebé Nutria. Todo aquello lo vio en un momento sobrecogedor e intenso en el cielo de la mañana. Y sin embargo, mientras miraba, aún vivía; y mientras vivía, se maravillaba.
̶              - ¡Rata! -susurró tembloroso, recuperando por fin el aliento-. ¿Tienes miedo?
̶           ¿Miedo? -murmuró la Rata, con los ojos brillando de amor-. ¡Miedo! ¿De Él? ¡Nunca!  Y..., y sin embargo... ¡Oh Topo, tengo miedo!  Entonces los dos animalitos se arrodillaron, inclinaron la cabeza y lo adoraron.

De repente, el gran disco dorado del sol se mostró frente a ellos en el horizonte, y los primeros rayos, disparándose por encima del nivel de las vegas, deslumbraron a los dos animales. Cuando recuperaron la vista, la Visión había desaparecido, y el aire rebosaba con los cantos de los pájaros que saludaban el amanecer.
Miraban sin comprender, y su tristeza se fue haciendo mayor cuando se fueron dando cuenta de lo que habían visto y perdido. Entonces una brisa caprichosa subió de la superficie del agua, estremeciendo los álamos y las rosas húmedas de rocío, y les acarició suavemente el rostro. Con aquella caricia vino también el olvido. Porque éste es el último y el mejor regalo que el generoso semidiós tiene a bien otorgar a aquellos ante quienes se ha revelado para ayudarles: el regalo del olvido. Para que el triste recuerdo no pueda perdurar y crecer y así impedir la risa y el placer, para que la obsesionante memoria no pueda estropear las vidas de los animalitos a quienes ayudó en momentos difíciles y para que, de este modo, todos vuelvan a ser felices.
El Topo se frotó los ojos y observó a la Rata, que miraba, intrigada, a su alrededor.
̶                -  Perdona, Rata, ¿qué has dicho? - preguntó.
̶       - Creo que sólo decía-contestó lentamente la Rata-que éste es el lugar donde lo encontraremos, si es que vamos a encontrarlo. ¡Mira!
       ¡Pero si ahí está el chiquillo! -Y con un grito de alegría corrió hacia el soñoliento Portly.
Pero el Topo se quedó un momento perdido en sus pensamientos, como quien, despertándose bruscamente de un sueño maravilloso, intenta recordarlo y sólo consigue captar un vago sentido de su belleza. ¡Su belleza! Hasta que incluso aquello se desvanece, y el soñador tiene que aceptar amargamente el duro y frío despertar; así que, después de luchar un momento con su memoria, el Topo meneó tristemente la cabeza y siguió a la Rata.
Kenneth Grahame "The wind in the willows"

sábado, 7 de julio de 2012

· La Visita de la Siesta



A las cuatro llama la siesta...

Pom, pom, pom,...

- ¿Estorbo?
- Pase, pase... con usted quería hablar. (Mal encarado)
- Si estorbo me voy.
- Ya me gustaría que se fuera, hasta incluso que no existiese, pero tengo algunas preguntas que hacerle.
- Bien, usted dirá.
- Bien...¿A qué viene eso del descanso merecido cuando el sopor no me ha llegado ni a la conciencia? ¿Es que tengo la obligación de inventar historias para no dormir?
- Bueno, no tengo mayor obligación que existir, porque... ¿Qué sentido tendría el sueño perdido en la noche, o el cansancio desde por la mañana temprano si no estuviera yo?
- Señora  mía, si me permite le puedo sugerir una manera de presentarse más educada. A la señorita Sobremesa se la deja de lado casi todos los días y creo que no es justo. Deberíamos de prestarle mayor atención, aunque la pobre sea muy superficial ¿ Está de acuerdo conmigo?
- Es que hay un problema. En esta casa en particular se le da más importancia a recoger la mesa que a hablar de los peces de colores. Además, cada uno lleva su ritmo ¿sabe usted? Y si aquí hay dos personas, una puede rendirse en mis brazos con gran facilidad y la otra se aburre soberanamente con la señorita Sobremesa. ¿Ha comprendido
- Me suena de algo la que se aburre tantísimo...Pero ¡Basta de monsergas! ¡No entiendo nada de lo que me está diciendo! Yo lo que quiero únicamente es compañía para que el tiempo que me hace perder lo gane para enriquecerme.
- Está en un error. Si quiere enriquecerse es usted consigo mismo el que tiene mi tiempo para explayarse en lo que más le apetezca: escuchar la radio, oír música, ESCRIBIR... Tengo entendido que no se le da mal esto último.
- Lo de escuchar la radio y oír música lo descartamos porque, a las malas, creo que lo único que me gusta de usted es su silencio. Lo de escribir ya es otro cantar, aunque no sepa qué contar...
- No hace falta contar; tan solo hable escribiendo como lo está haciendo conmigo y yo con usted. Yo le sugiero que a mi hora escriba de lo que quiera hablar con alguien o incluso con algo.
- Déjeme que lo piense.

martes, 8 de mayo de 2012

· Pequeña Historia de Una Vida


Era una niña marcada por el recreo de párvulos, donde me limitaba a comer mi bocadillo de salchichón y a mirar cómo jugaban las demás niñas. Era aquella que pellizcaba a mi hermano mayor y decía un “te odio” profundo cada vez que invadía mi terreno, y después, con profunda devoción me confesaba ante el mismo Dios de las barbaridades que le hacía y decía a mi hermano.
Era un delfín a contracorriente, la balanza inestable entre papá y mamá, el ojo derecho de mi abuelo, el diccionario enciclopédico de las diminutas palabras de mi hermano pequeño; era la eterna 21, la fundadora de la mariposa errante, la amiga de la caracola loca que saltó ocho pisos y cayo de bruces. Era una flor de abril a la que le costaba desenrollarse para dar a conocer toda su belleza, que cuando abrió del todo no reconocía que era bonita.
Ahora soy el espectro de aquella luz, que ha pasado por experiencias que mejor sean en parte ignoradas: de vez en cuando soy el día más brillante y otras veces la noche más oscura. Soy en apariencia un pájaro libre, pero tengo el ala herida. Atravieso medio mundo medio volando, dejando pasar la felicidad por el dolor. Pero éste se ausenta cuando un mar en calma se proyecta en la faz del amante guerrero, que me cuida como un perro a su dueño y viceversa.
Entre bromas y veras, soy jugadora de la vida que tiembla cuando gana, la ganadora de pan que da dinero a los ricos, la ricachona de temores tratada de señora, una señora muy señoreada que siempre va en coche y no se moja nada, la lengua del camaleón atrapa-sueños.
Siempre he pensado que soy de esas hojas de otoño que se arremolinan con el viento, dando vueltas sin parar sobre un mismo eje, porque mi vida es concéntrica y mi pensamiento se repite en círculos viciosos que no llevan a ninguna parte hasta que amaina el viento, esparciéndose las hojas por un jardín hecho a mi medida, donde el jardinero de mi recreo las recoge con paciencia para limpiarlo de hojas secas, sin vida. Pensándolo bien, la existencia es así: se tienen que desechar ideas viejas, agotando la resistencia del giro, para dar lugar a otras ideas innovadoras. Así es mi vida, menos que más acelerada.

sábado, 9 de julio de 2011

· Cuentas de Luna

Un joyero muy peculiar me obsequió con cuatro cuentas del cielo de la noche: una luna nueva, otra creciente, otra menguante y otra llena. Tengo un árbol junto a la ventana de mi habitación donde veo a la gente pasar y se me ocurrió lucir por la noche mis cuentas de luna, ensartándolas en cuatro ramas.

Una noche pasó una mujer embarazada. Fijó sus ojos en la luna nueva, que como todos sabemos no se ve pero está ahí y miró su vientre dulcemente, y se fue andando. Otra noche pasó una niña. Fijó sus ojos en la luna creciente y se miró de arriba abajo, dándose cuenta de lo que había crecido, y echó a correr. Otra noche pasó una anciana. Fijó sus ojos en la luna menguante y miró sus manos resecas y huesudas, pero siguió su paso. Y otra noche pasó una chica melancólica. Fijó sus ojos en la luna llena y le entristeció su luz tenue, pero siguió su camino.

Al ver que cada día pasaban por delante del árbol y se quedaban mirando a su luna preferida, decidí regalar a cada uno la suya. Compré cuatro cajas con un poquito de cielo y metí las cuentas dentro. Puse el nombre de cada una en las cajas y esperé hasta que se presentasen.

Vino la mujer embarazada, que parecía tener la luna en el vientre; vino la niña, que había crecido más aún; vino la anciana, dando gracias a Dios por el tiempo que le quedaba; y por último, la chica melancólica, con su cara de luna.

Una a una abrieron sus cajas, y fue una grata sorpresa para todos menos para la chica, que al verla lloró con tristeza porque decía que a la luz de aquella luna no veía los colores. Cerró la caja y la quiso devolver cuando, por arte de magia, de las ranuras salió una luz radiante. La abrió. Ya era de día y tenía una cuenta de sol, y la ilusión brilló en su rostro.

sábado, 14 de mayo de 2011

· Es un canto..

En 1999 Andrés Aberasturi publicó su segundo poemario: Un blanco deslumbramiento. Palabras para Cris, dedicado a uno de sus hijos. El periodista y comunicador describió de la siguiente manera qué fue lo que le impulsó a escribirlo:
Comencé el poema una madrugada fría en la que, de vuelta a casa, pasé como siempre por el cuarto de Cris -mi hijo con parálisis cerebral-, que medio se despertó, me miró, me dedicó una sonrisa un poco de cumplido y se dio la vuelta para seguir durmiendo con sus manos entre la almohada y la mejilla. La escena no era nueva: decenas de veces se había repetido antes y se ha repetido después. Pero aquella noche, ignoro por qué, yo la viví distinta y empecé a escribir en un cuaderno la historia de aquel hijo con el que tantas cosas habíamos aprendido.
Fragmento: “La boca de mi hijo/ es un vergel de dientes malformados/ en el que la fonética/ pactada en los diccionarios/ no querido posarse./ Por eso,/ para sus labios,/ invento yo sonidos/ y fabrico palabras”

· Entrevista completa donde recita la poesia a su hijo.

domingo, 20 de febrero de 2011

· Aceitunas,caracoles, naranjas y flores


¡Flores, chiquilla, pa poné tu casa bonita! ¡Y mis naranjas con más sumo que ninguna, más durse que el almíbar,... niña,... los caracoles bien gordos pá ponelos en su casuela en cardito y comerselos enteritos con su hierbabuena... aceitunas aliñás con su ajo y su pimiento! ¡Vamos mujé, que te llevas de lo mejó lo superior!¡Tó baratito,oiga!

Así despliega el Manué todo su arte, su tenderete y su mercancía, un tanto tarde a decir verdad porque no le gusta levantarse antes de las diez. Su género es a medias dudoso, pues se sabe que algunos gitanos venden lo que no es suyo... pero eso a las mujeres de su casa le trae al fresco.

La Mari se acerca al puestecillo y se dirige a mí, que estoy curioseando lo gordos que son los caracoles expuestos en contenedores de plástico saliéndose dos sí, cuatro también, y me dice como si me conociera de toda la vida: 
-Toíto tó tiene buena cara, y las flores ¿Pá qué te cuento? Gloria Bendita.
Y le dice al Manué:-Buenos días. Me v´í a llevá un ramito de claveles reventones rojos que están presiosos pá la salita de mi casa, pa vé llegar la Semana Santa con mi Jesú der Gran Podé.
-Un ramito pá su Jesú der Gran Podé ¿Qué más le doy, María?
Y dirigiéndose con el dedo índice a la montonera de naranjas dijo:
-Ponme tres kilos de las má prietitas que tengas, que a mi niño le gusta una mijita ácidas como éstas.
-Oootra cosita.
-Una bolsa mediana de olivas, pero méteme de las moraitas, que me gustan a mí pachuchitas...
-Ahí va. Más.
- Y los caracoles ¿Tienen la cáscara dura? porque si se me parten en el guiso me da mucho coraje.
-Sí, mujé- dice er Manué- ¿no ve lo gordos que están? Están pá chuparse los deos. Póngale una mijita de hierbabuena pá que le de gusto. Queda güeno de verdá.

Asombrado de lo resuelta que es la Mari comprando de todo lo que hay en el tenderete me decido a oler los claveles que estaban en el cubo.
-¿A cuanto están?
-A un leurito el ramo, y recién cortaitos de esta mañana.
Verdaderamente no tenían olor ninguno pero no hay que negar que eran vistosos, pero para vistosas las naranjas.
-¿A cuanto éstan?-le digo al gitano oliendo una de las que vi con mejor pinta-.
-Tres kilos, un leuro y medio.
El Manué parte con su navaja una porción derramándose por encima el jugo de la pieza y me la da a probar... ¡Está deliciosa! Tengo el mismo gusto que el niño de la Mari, dulces pero con un toque ácido. Así era. Me trasporta por un instante al sabor de las naranjas de mi abuelo que tenía en el patio cuando yo era una chiquilla. ¡Están riquísimas! o como se dice en argot de cualquier barrio andaluz... ¡Están de lujo!, pero con más gracia, porque a una vecina del norte como yo lo de la venta a voces con un gracejo tan peculiar no se le da bien ni siquiera intentándolo.
-Me llevo tres kilos.
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· Y para muestra un botón de lo que en Andalucía -y en concreto en Cái- se cuece. Les dejo con la Mari: la perfecta cuñá, que no puede tener mas gracia, ni su arte se puede aguantá:

miércoles, 8 de diciembre de 2010

· ...pero sola



Una maraña de hilos tiene por pelo, su carita está llena de churretes de chocolate y las manos pintadas de tiza azul. Su batita está coja y sus bolsillos pegajosos de restos de gominolas. El cuello de la camisa uno metido y otro sacado, y los calcetines siguen la ley de la gravedad. Su maleta llena de pegatinas que traen los pastelitos. Los cuadernos sobados y dobladas sus hojas, los lápices sin punta y partidos por la mitad, los libros pintarrajeados...¿Cuántos años tienes? Seis ¿Te gusta el colegio? Sí ¿Qué es lo que más te gusta? El recreo.(La imagino golpeteando la comba de arriba abajo o metiéndose en ella dando saltos como un canguro) ¿ Y quién es tu mejor amiga? No tengo amigas ¿Por qué? Porque se enfadan conmigo ¿Por qué se enfadan contigo? Porque no las hago caso,...es que a mí me gusta jugar, pero sola.

¿Independencia o timidez? No se sabe ni se sabrá nunca, porque la infancia cae lejos aunque el carácter se formase en aquel tiempo, y si el observador fuese muy agudo puede que se diese cuenta que aquella niña era muy, muy tímida.

· La pura Concepción.

En mi familia hay una larga tradición de Conchitas: mi bisabuela, mi abuela, mi hermana y sobrina son Conchas, y por muy mal que les suene a los argentinos el nombre, para nosotros es el más entrañable. Nada de Inmas, ni Macus, ni otras contracciones ni dilataciones, simplemente Concha: el más querido.




Silvio y Sacramento
"la Pura Concepción"(Swing María)
Fantasía  Occidental (1988)



· A las vírgenes de Sevilla.

jueves, 26 de agosto de 2010

· Voces


Un clamor se oculta bajo su frente tras las esquinas del pensamiento. Las voces hierven como en una olla a presión y el silencio brilla por su ausencia. Un tumulto de chiquillos juegan en su cabeza, mas no son niños cualquiera porque sus maléficos juegos engañan a su entendimiento. No quiere saber nada de esa cruel chiquillería que le atormenta, pero están ahí, martirizándole. Sus sienes supuran desasosiego que no le deja estar tranquilo en el pasillo de la desesperación. Mientras, la gente viene y va como hormigas en rebaño y se ve ajeno a lo que ve pasar. No se encuentra disponible en ese momento, como un teléfono al que llegan varias líneas y se entrecorta la comunicación.

martes, 1 de junio de 2010

· El vuelo de una sombra

No me quiere, lo sé. Me lo hace ver bosquejando sombras de pájaros sobre un papel, un espejo, sobre el vaho de un cristal. No me quiere, lo sé. Soy su pájaro herido y apresado en mi jaula. No me quiere, lo sé. La sombra del vuelo de una paloma está en sus ojos y eso me asusta.


La perdono porque es fácil confundir amor con cariño. La perdono porque no la quiero ver llorar después de que el pájaro eche a volar. La perdono porque con mi herida curada despliego mis alas en busca de otra vida.


No la olvido; cuando recuerdo sus manos, soplan vientos orientales que manejan el pincel con maestría. No la olvido; sus ojos rasgados están presentes en lo que veo, en mi memoria. No la olvido,aunque me ahogase en su jaula de bambú.
...No me quería, aunque la perdoné, pero no la he olvidado.

domingo, 14 de febrero de 2010

· Cita en rojo: ms. john soda

Cortinas y mantel a cuadros rojos y blancos, vestido rojo, menú: sopa de tomate, carne roja, vino tinto y sandía de postre. Por último coloco dos velas rojas en la mesa y... llaman a la puerta.

¡¡¡Oh no!!! ¡Flores no! ¡Soy alérgica a las flores! (Las tiro con desgana).

Empezamos nuestra cena íntima comiendo compulsivamente la sopa de tomate, aderezándola con cantidades ingentes de tabasco con aquel rojo chillón, poniéndome cada vez más agresiva (no hay atracción, lo sé). Y pasó lo que tenía que pasar: al brindar con el tinto se rompieron las copas y mi invitado se hizo un pequeño corte en el dedo; al verse la sangre color rojo se desmayó.
 ¡¡¡No sé qué hacer!!!

Consulto los pasos a seguir de mi libreta para estas ocasiones y ¡Ya está! Le doy una aspirina y listo. Pero...¿Dónde están las aspirinas? En el armario del cuarto de baño. Pero … ¿Cuál es?
¡¡¡No lo sé!!!
Cojo todas a ver si acierto con alguna y, allí tumbado en el suelo bocarriba, empiezo a meterle en la boca todas las pastillas que he encontrado... alguna servirá. Pero al cabo de un minuto se despierta y se enzarza con todo lo que hay en la habitación (puede que tenga algo que ver lo que le he dado). Por último se larga sin más, dejándome con las patas colgando.


Un consejo: si quieres que el Día de San Valentín sea mejor que el mío y sin histerismos, olvídate del rojo. Decántate, por ejemplo, por el color verde: mantel a cuadros verdes, vestido verde, cortinas verdes, menú verde consistente en lechuga y aceitunas, brinda con bebida de apio y cambia la sandía por una pera.
Eso sí, sin flores... por si acaso.
+ Despliega VIDEO para verlo:



Enlaces:
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